Ruth Kaufman es una gran escritora, poeta, editora, y promotora de la literatura para
las infancias. En narrativa, publicó: La ciudad de los magos (Kapelusz, 1984); Bigotes ,
aventuras de un gato sin cola (Cántaro, 2005): Nadie les discute el trono (Alfaguara,
2007); Extraña misión (Estrada, 2008); Nada de luz (Quipu, 2011). En poesía: Los
rimaqué (Sudamericana, 2002); Donde la ciudad termina (pequeño editor, 2013), y Las
Onomatobellas (Amanuense, 2018). Libros ilustrados: ¿Quién corre
conmigo? (Sudamericana 2004); y junto a Diego Bianki: 5 besos (pequeño editor, 2016)
Muy lejos de la tierra (Alfaguara, 2000/pequeño editor, 2013) Abecedario (pequeño
editor, 2015); El rum rum de la casa (pequeño editor, 2023).
Creó el sello editorial pequeño editor , junto a Diego Bianchi y Raquel Franco, en 2002.
Trabajó como guionista para el Canal Encuentro, en varios ciclos de Pakapaka. Ha sido
capacitadora y formadora de docentes en la Argentina y Uruguay, y tallerista de
escritura para niños, adolescentes y adultos. Fue conductora y cocreadora de los
programas sobre poesía Susurro y altavoz
. Actualmente, es anfitriona
de la biblioteca Intríngulis que funciona en su casa, en Colonia del Sacramento.
Ella prefiere presentarse con verbos más que con sustantivos. No se lleva bien con las
certezas ideológicas, y eso la transforma en una punzante crítica que analiza con fineza
y provocación, cada verdad que se le presenta. De niña, le encantaba saltar olas, atajar
pelotas, leer libros llenos de letras y correr. Le daban mido las películas de miedo y de
suspenso. No entendía por qué su mamá gritaba. Su mamá, cuando pasaba la rabieta,
le decía que tampoco lo comprendía. Probablemente, dice, ese vínculo tan temprano
con los hechos incomprensibles la volvió lectora de literatura.
Voy a dar un breve rodeo.
En la invitación a esta charla, Virginia Mórtola dice:
“Lo cierto es que somos los adultos: escritores, ilustradores, editores, madres, padres,
docentes y mediadores quienes creamos y acercamos los libros a niñas y niños.”
Tengo un tic en el cerebro: lo primero que se me ocurre son contra ejemplos. Era la
nena “no”, y un poco, lo sigo siendo.
I
Voy a leerles unos poemas —no son libros, es cierto— que las niñas y los niños dicen,
sin mediación adulta.
Son un hueso duro de roer. Me fasciné con estos juegos de manos con versos en el
2000 cuando mis hijas eran pequeñas y solían jugarlos. También yo los jugaba de niña.
Se armaba algo muy potente ahí, entre la palabra, la voz y las manos; un momento de
mucha alegría y concentración, una perfomance, para adentro y también, a veces, para
los que mirábamos.
En el 2019, hicimos un corto:
Hueso duro
rescatándolos, con apoyo de
los FCR del MEC. Fuimos a dos escuelas de Colonia, una del Real de San Carlos y otra
del centro, y los juegos seguían vivitos y coleando. También entrevistamos a algunos
adultos de diferentes edades que reflexionan sobre el fenómeno.
Estos textos, ellas y ellos los saben, los dicen y, además, los transmiten de generación
en generación. ¿Son para niñes?
Hueso duro a comer
mermelada aceitada
Mi hermana tuvo un hijo
de loca lo mató
lo hizo picadillo
y después se lo comió.
En la calle 24
una vieja mató un gato
con la punta del zapato.
Pobre vieja
pobre gato
pobre punta
del zapato.
Otro
Doctor Jano cirujano
Hoy tenemos que operar
En la sala de emergencias
A una chica de su edad.
Ella tiene 21 años
Y usted tiene un poco más
Esta chica tiene novio
Y usted se lo va a quitar
Pero recuerde
que es un viejo cirujano
con tijeras en las manos
y cuchillos en los pies
pies pies.
Para dar la soga:
Soltera, casada, viuda divorciada
Con un pobre, con un rico, con un multimillonario
Casa, casita, rancho, palacio,
Chiquero de chancho
Vamos a ver cuántos hijos tiene usted,
Uno, dos, tres….
II
El segundo rodeo parte de una cita de
El maestro de Petersburgo , de
Coetzee. Dice así:
…habla con dulzura, consciente de que el susurro de los adultos —traicionero,
fascinante— puede desgarrar el sueño más profundo de los niños.
Una escena
emisores adultos receptores niñes
los adultos hablan o escriben
les niñes escuchan o leen.
Esa escena —tan trivial— tiene, por lo menos, dos caras.
En una cara los adultos les hablamos a les niñes: queremos que nos escuchen:
Enseñamos, advertimos, damos instrucciones, contamos una historia, la escribimos, la
dibujamos.
En la otra cara los adultos hablamos entre nosotros en presencia o cercanía de niños o
niñas y
no queremos que nos escuchen. Sabemos que les niñes nos oyen, no queremos
que nos entiendan. Ejemplos: viajamos en auto: adultos conversan adelante, niñes
atrás.
En mi infancia, los padres de algunos amigos usaban el idisch para estas ocasiones y así
sus hijos entienden hoy esa lengua y algo de alemán.
Gran método para enseñar una lengua extranjera: usarla delante de nuestros hijos
para hablar de cosas que no queremos que entiendan.
De todos modos, pienso que, durante la infancia, entendíamos la mitad, ¿un cuarto,
tres novenos? de lo que oíamos. Ni remotamente pretendíamos entender todo lo que
hablaban los adultos en nuestra presencia. Imagino que eso no ha cambiado.
Es complejo el mundo, los adultos hablan de muchas cosas que les niñes no entienden.
Algunas les resultan más interesantes que otras, sin duda. Hay señales para distinguir a
qué prestarle atención, seguramente las entonaciones de la voz —como dice Coetze,
cuanto más susurren los adultos, más atención prestarán los niñes— y muchos otros
matices.
Es una ley de la curiosidad: el juego de las escondidas.
III
Hay una tensión entre la comprensión y el aburrimiento. Volviendo a la escena del
auto, no entender lo que hablan los adultos es un acicate para la curiosidad.
Podríamos decir que lo vuelve más interesante.
¿Pasa lo mismo con la literatura? ¿Cuánto no entender nos bancamos los lectores?
¿Cuánto no entender se bancan les lectores niñes?
IV
¿Esto es para niñes?
Ahora sí, ya tranquilizada mi niña discutidora encaro el tema.
Acá estamos los adultos preguntádonos qué es para niñes: yo estoy o estuve en varios
de esos lugares: madre, escritora, editora, mediadora, tallerista.
Leer es comprender. Hay una forma rasa, digamos, de comprender esta expresión,
valga la redundancia. Esa forma rasa tiene que ver con la idea de que no alcanza con
decodificar yo puedo leer algo, ser capaz de leerlo en voz alta y, sin embargo, no
comprenderlo. Los motivos pueden ser diversos, que me falten los saberes previos, por
ejemplo. Yo leo una página de física cuántica y no entiendo una pepa. Ahí resulta
clarísimo. Pero hay una gradación del no entender que es, me parece a mí, una zona
de lo más interesante. “No se entiende” es una objeción que muchas veces dan los
mediadores a los libros dirigidos a niños.
No lo van a entender . Pero, justamente,
gracias a que no entendemos
todo lo que nos quiere decir un libro o un poema, es que
podemos leerlo muchas veces.
Creo, también, que algo, alguito, tenés que entender para que te interese. Si entiendo
todo, me aburro; lo que leo, lo que oigo es pura constatación de lo que ya sé; si no
entiendo nada, también me aburro porque me quedo completamente afuera.
Creo que en la infancia tenemos una relación más fluida con no entender. Es
prácticamente la experiencia vital que nos atraviesa. Piensen en una mesa familiar,
cuántos sobre entendidos la sobrevuelan, nadie se los desentraña a los niños, al
contrario, incluso, podemos hablar crípticamente.
¿Y los adultos? ¿Comprendemos nosotros el mundo en el que vivimos?
Si somos sinceros con nosotros mismos, debemos reconocer que los motivos que rigen
nuestra vida social y material nos resultan inaccesibles.
“Por lo que se refiere al conjunto de la vida social, depende de tantos
factores de impenetrable oscuridad por sí solos y entrelazados en relaciones
tan inextricables que a nadie se le ocurriría siquiera intentar descrifrar su
mecanismo. Así la función social que por esencia más le corresponde al
individuo, la que consiste en coordinar, dirigir, decidir, sobrepasa las
capacidades individuales y pasa a ser en cierta medida colectiva y como
anónima.”
O
“Todos andan obsesionados por una representación de la vida social que,
aunque difiere sobremanera de un círculo a otro, siempre está hecha de
misterios, cualidades ocultas, mitos, ídolos, monstruos: todos creen que el
poder reside misteriosamente en alguno de los círculos a los que no tienen
acceso, porque casi nadie entiende que no reside en ninguna parte, de
manera que el sentimiento dominante por doquier es el miedo vertiginoso
que siempre produce la pérdida del contacto con la realidad.”
Esta es Simone Weil, escribiendo en Francia en 1934, sus “Reflexiones sobre la causa
de la libertad y de la opresión social”; interpelándome.
V
Abro un paréntesis ¿los libros son para les niñes? ¿por qué insistir con los libros? ¿por
qué no les contamos oralmente las historias, como en la Edad Media? ¿Por qué no
elegimos buenas películas o series? ¿Por qué hay que leer? ¿Cuántos adultos son hoy
lectores de ficción? ¿Por qué tantos adultos que no leen novelas quieren que sí lo
hagan les niñes?
¿Es imprescindible la literatura, es decir, el envase textual, escrito?
Los libros para niñes, entre los que se cuentan los que tienen un texto literario, son un
objeto cultural cuya función indiscutida —aunque no única— es permitir el ingreso de
nuevos y nuevas personas a la cultura letrada.
Leer es una práctica cultural sofisticada, que no se aprende, como el habla; de modo
natural. Precisa una enseñanza explícita y una práctica sostenida, ¿un entrenamiento?,
para que quienes se inician en ella logren dominarla. Si bien este aprendizaje no
termina nunca hay algunos comportamientos, competencias, habilidades esperables.
Adonde deberían llegar todos estos iniciados e iniciadas, dicen los documentos, es a la
lectura crítica. Se trata, sin duda, de un modo de leer, para nada extendido
socialmente. Subrayar, discutir, ver diferentes significados. También eso se practica o
no se practica.
Voy a dar un ejemplo.
Arroz con leche
Me quiero casar
con una señorita
de San Nicolás
que sepa coser
que sepa bordar
que sepa abrir la puerta
para ir a jugar
Yo soy la viudita
del barrio del rey
me quiero casar
y no sé con quién
¿Con esta sí,
con esta no?
Con esta señorita
me caso yo.
¿Amor entre mujeres? o ¿habrá dos voces?
Hay una nueva versión. Creo que a muchas personas les gusta. Dice así:
Arroz con leche
yo quiero encontrar
a una compañera que quiera soñar
que crea en sí misma
y salga a luchar
por conquistar sus sueños
de más libertad.
Valiente sí,
sumisa no
feliz, alegre y fuerte
¡te quiero yo!
¿Qué hizo la versión contemporánea con la hermosa metáfora de esta canción?
¿Qué hizo con el “que sepa abrir la puerta para ir a jugar”?
¿Qué significa “jugar” ?, ¿qué puerta se abre?
Fíjense el rodeo:
Que sepa
Que sepa abrir
Que sepa abrir la puerta para ir a
Que sepa abrir la puerta para ir a jugar
VI
Me parece que estamos en un momento muy peculiar. Antes de que se inventara el
cine, la palabra era la reina indiscutida. Solo el teatro le peleaba el lugar de contadora
de historias. Orales o escritas, la ficción se servía con palabras.
Hay personas que dicen: no se puede vivir sin literatura. Lo creen sinceramente. Yo
creo que no se puede vivir sin ficción.
¿Quién hubiera podido imaginar, hace pocos años, que si alguien decía: ¿compartí una
historia, su oyente iba a saber que había compartido una serie de 10 imágenes en las
redes, muy o apenas hiladas entre sí?
Los libros, los libros para niñes.
Yo tenía una amiga que tenía un hijo muy bardero, muy perdido. Se puso de novio. La
mamá me dijo:
si la piba supiera todo lo que se espera de ella, saldría rajando.
Ahí están los libros para niñes, como la novia del hijo de mi amiga.
Escribo literatura consciente de que los niños van a leer libros en esta encrucijada. Los
libros van a ser, para muchos, un espacio de práctica, en primer lugar, un lugar para
pasar del deletreo a la fluidez en la lectura. No sé si alguien les va a señalar —como
hicieron conmigo — las metáforas, los espacios de ambigüedad que se abren entre las
palabras. También eso se practica o no se practica. La posibilidad de intercambiar con
un adulto lector crítico es remota. Así y todo, la escuela sigue encargada de esta
inclusión. Quizás el proyecto de ser todos letrados no continúe.
Resistir es bueno, da una energía peculiar y valiosa. Genera escenas de transmisión
potentes.
VII
Obviamente, no hay niños y niñas en general, hay edades que conllevan muchas
variaciones —de eso saben mucho las editoriales que las segmentan con claridad— y
hay, obviamente, personalidades y experiencias lectoras.
Por mi parte, en este caso como persona que escribe narrativa dirigida a niñas y niños
tengo una posición. No adhiero a los que dicen que no hay diferencias, que escriben de
igual manera para niños y para adultos, que no se autocensuran, etc.
Yo me impongo restricciones.
En primer lugar, sintácticas. Sobre todo, cuando pienso en niños y niñas que leerán en
forma autónoma uno de sus primeros libros. No es lo mismo escribir para primeros
lectores que una novela juvenil.
En el primer caso, busco construir oraciones sencillas, sin muchos complementos, sin
hipérbaton ni muchas subordinadas. Me encantan las oraciones de Saer o de Onetti
que ocupan varios renglones, pero no me las permito en los cuentos para niños. Cada
tanto, una más larga y más entreverada. Cada tanto. Lo mismo con la selección léxica,
elijo palabras que circulen en el ámbito en el que escribo y, cada tanto, meto una más
rara. Tampoco abusar de los pronombres, más vale repetir que dejar muy lejos a un
referente.
He tenido la oportunidad de trabajar junto con especialistas que eran muy severas en
este tema, primero Rosa María Rey, luego Bea Diuk. Ellas me enseñaron esta vigilancia
y la he incorporado.
VIII
¿Y los temas? ¿Cómo los elijo?
Yo no elijo temas, parto de historias o de lugares, de personajes. Lo que desencadena
una escritura no se puede saber, yo no lo sé. Hay algo que está propiciado por el
género, por otros libros para niñes, por una sensación de que puede estar en un libro
que sea leído por niñes. Muy pero muy ambiguo.
Creo que como editora, cuando selecciono tengo algunos criterios más claros. No me
gustan los libros que me aburren. Si puedo anticipar el final después de leer 4 o 5
páginas, generalmente no lo elijo.
Después, creo que los criterios de, mil comillas, calidad, están relacionados con una
experiencia lectora y un gusto. Seguir al gusto te permite dejarte llevar por
sensaciones más físicas, no depender solamente de criterios que pueden explicarse
racionalmente. O no, enseguida. Igual el gusto también tiene que ver con el prejuicio
así que es necesario observarlo, ponerlo a prueba
IX
Volvamos a la curiosidad. Su contracara ¿puede ser el aburrimiento?
Un libro aburrido no es para niñes.
Suena fácil, ¿verdad? Pero… ¿quién tiene el aburrimientómetro?