Lecturas de infancia


por Mercedes Calvo / 14 de Octubre de 2022

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Fotografía: Sebastián Rivero


Mercedes Calvo nació en Salto, Uruguay. Cuando era niña le gustaban los libros más que las muñecas: usó de mordillo los de Proust, armó trencitos con las obras de Tolstoi, recortó los escudos de los troyanos en La Ilíada. Se recibió de maestra y trabajó con niños largo tiempo, dice que ellos le enseñaron muchas cosas. Al jubilarse recibió el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños por su libro Los espejos de Anaclara (Fondo de Cultura Económica, 2009). Le gustó tanto que siguió escribiendo: para niños, para grandes, poemas, cuentos. Otros de sus libros son En los dedos del viento (Estrada, 2013), En casa de Mariché (La Gran Nilson, 2013), Por las dudas (Treintayseis, 2015), Será (Castillo, 2018) y Llévame (Amanuense, 2021). También ha escrito los ensayos Poesía con niños. Guía para propiciar el encuentro entre la poesía y los niños (Coordinación Nacional de Desarrollo Cultural Infantil del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes –Conaculta–, colección Alas y Raíces, 2010) y Tomar la palabra. La poesía en la escuela (Fondo de Cultura Económica, 2016). Esta es la primera entrega de varias en las que Mercedes reflexiona y narra sobre su vínculo con la lectura y la escritura.


Obras ¿completas? De F. G. Lorca



Cuando mis padres se casaron no tenían muchos bienes materiales. Mi madre había bordado algunos manteles y sábanas, mi padre aportó el viejo reloj de la cocina de su casa, el mismo que yo atesoro hoy en la mía y al cual, por muchos años, siguió dándole cuerda cada noche, después de cenar. Algunos muebles sencillos –los imprescindibles– hechos con tabla de obra, un viejo Primus a queroseno y los regalos de casamiento fueron suficientes para los primeros tiempos.

Cuando yo llegué, al año siguiente, la situación no había mejorado mucho, aunque encontré dos bienes que me pertenecerían en exclusividad: una cunita blanca, de madera, y la Tigra, perra de raza indefinible y de tamaño generoso que se constituyó en mi guardiana y tutora a tiempo completo. Sin duda ese instinto maternal que en los primeros momentos canalizó en mi protección era muy fuerte: meses después, cuando tuvo sus cachorros, desgarró el colchón de lana de mis padres para preparar la cuna de sus hijos y buscó la forma de mejorar la calidad de la leche con que los alimentaría anexando a su dieta todos los alimentos destinados a nosotros que encontró a su alcance.

Después, poco a poco, otros objetos de la casa se fueron destacando en mi atención: eran los libros que mis padres se habían regalado recíprocamente en sus años de noviazgo. En su mayoría eran libros de poesía española: Cernuda, Machado, Jiménez, Alberti y las Obras completas de García Lorca en una bellísima edición en tela. Mi madre me tomaba en sus brazos y me leía las Cuatro baladas amarillas: En lo alto de aquel monte / un arbolito verde / Pastor que vas / pastor que vienes / Ni ovejas blancas ni perro / ni cayado ni amor tienes. ¡Qué pena me daría ese pastorcillo a mí, propietaria absoluta del amor de mis padres y de una perra fiel e incondicional!

Cuando empecé a dar mis primeros pasos me interesaron otros libros: eran los treinta enormes tomos de la Biblioteca de Obras Famosas que papá colocaba en fila en el piso para que yo jugara a los trencitos. Después, apoyada en la Tigra, que acompasaba su paso a los míos, vacilantes, me iba afuera hasta la sombra de un árbol a juntar foriyas , como les llamaba a las flores amarillas de los macachines y las margaritas que llenaban el paisaje. ¿Recordaría los versos de Lorca?: La tierra estaba amarilla / Orillo orillo, pastorcillo / Sobre el cielo de las margaritas ando.

Cuando pude leer por mí misma avancé hacia los otros tomos: el Romancero gitano me subyugaba con sus lunas y cuchillos, pero también Bodas de sangre o La casa de Bernarda Alba me mostraban un mundo oscuro donde la vida y la muerte temblaban siempre en el filo de las navajas. Cierta vez mi tío, en su histrionismo magnífico, recitó, sobre una mesa, el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, y aún recuerdo mi angustiado deslumbramiento al oír aquel grito: ¡Que no quiero verla! ¡Que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena!

Advertí, al leer las obras de teatro, cuán cerca está este género de la poesía, en el sentido de que en ambos casos son textos escritos para sonar, para ser dichos, para habitar ese espacio entre la voz de quien lo dice y el oído de quien lo escucha, aunque en ocasiones voz y oído sean del mismo lector. Me sorprendí muchas veces repitiendo en voz alta fragmentos de diálogos que tenían para mí un sonido especial; sentía que desde el silencio de la escritura el lenguaje tomaba vida propia, cargándose de otros elementos. Imaginaba los gestos de Mariana Pineda, la voz de Angustias, la música especial que sin duda habría de escucharse al aparecer la Luna entre los árboles. Aún hoy reconocería entre mil el grito del pregonero que pasaba por la calle de doña Rosita: ¡Manzaniiilla de la sieerraaa! Nunca lo oí más que en mi oído interno, al leer el texto, pero la memoria auditiva me vuelve a traer su voz desde allá lejos en cada relectura, de la misma manera que las palabras de las baladas amarillas que me leía mi madre me acercan el balanceo de su cuerpo y el aroma de su ropa.

Federico se convirtió en mi obsesión. Leí infinitas veces todos los tomos en un estado de exaltación permanente, leí y volví a leer hasta casi aprendérmelos de memoria; aún hoy recuerdo parlamentos enteros de sus obras y muchísimos de sus poemas. Fue una lectura intensa, desbordante, como sólo se puede leer en la infancia. Por eso me extrañó cuando años después, ya adulta, encontré un texto de Lorca que no recordaba haber leído. Lo busqué en los tomos de aquella vieja colección y no lo encontré. Mi madre me dio la explicación: la Tigra, que había admirado al poeta tanto como yo, también había devorado –pero literalmente– el tomo en el que estaban esos versos.

Después de la indignación inicial, terminé por perdonarla. Es cierto que su acción me privó durante años de conocer parte de la obra de Lorca, pero, en honor a la verdad, y recordando la avidez de mi lectura en aquellos años, no puedo hoy menos que comprenderla. Hay autores tan vitales e intensos que no es posible una aproximación pausada y reflexiva a sus textos. La obra de Lorca merece ser devorada.